Migré a los 19 años convencida de que iba hacia una vida mejor. Y sí, mejor en muchas cosas, pero también más solitaria de lo que jamás imaginé. Los primeros meses hablaba poco por miedo a equivocarme, a que mi acento me delatara, a parecer ignorante. Me daba vergüenza preguntar, vergüenza existir. Extrañaba mi casa incluso si allá no tenía mucho.
Lo más duro fue darme cuenta de que en mi país yo era “alguien”, pero afuera era “la extranjera”. Esa etiqueta me acompañó a trabajos, amistades y relaciones. Me adapté, claro, porque uno aprende a sobrevivir a todo. Pero dentro de mí quedó esa sensación de estar siempre atravesando un puente, sin llegar nunca del todo.
Con el tiempo encontré personas que hicieron espacio para mí de verdad. Y entendí algo fundamental: migrar también es re-nacer. Aprendí a ser mi propia familia, mi propio respaldo, mi propio hogar. Dejé de pedirle al mundo que me diera pertenencia y comencé a construirla con mis propias manos.
Hoy, cuando vuelvo a mi país, no encajo como antes. Y aun así, sé que ahora pertenezco a los dos lugares, incluso si ninguno me reconoce por completo. La migración me rompió… pero también me hizo más amplia.
