Lo que nunca dije sobre mi divorcio

Siempre se dice que un divorcio es un fracaso, pero el verdadero fracaso hubiera sido quedarme. Estuve casada diez años. Diez años donde fui aprendiendo a hablar bajito, a no molestar, a disculparme por existir demasiado. No hubo golpes, no hubo gritos fuertes… pero hubo silencios que me apagaron como si alguien me bajara el interruptor cada día un poco más.

Durante mucho tiempo pensé que yo era el problema. Que si él no me escuchaba era porque yo no explicaba bien; que si él no me buscaba era porque yo no me esforzaba lo suficiente; que si él no me abrazaba era porque yo estaba siendo demasiado sensible. Así fui reduciéndome hasta caber en un espacio donde había amor, sí, pero un amor que yo sostenía sola.

La separación fue extraña: no hubo pelea. Solo hubo una tarde en la que me escuché decir “no quiero seguir así” y él, sin mirarme demasiado, respondió “está bien”. Lloré semanas enteras. No por él, entendí después, sino por mí: por la vida que había dejado pasar intentando ser la mujer correcta en lugar de la mujer que era.

Hoy vivo sola y todavía estoy aprendiendo qué hacer con tanto silencio. Pero este silencio es mío. Y aunque a veces duele, también se siente como un cuarto con ventanas abiertas después de años sin aire.

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