No hubo pelea. No hubo traición. Solo distancia. La vida nos fue separando de maneras que no vi venir. Un día hablábamos todos los días; al año siguiente, apenas intercambiábamos mensajes de cumpleaños. Lo más triste es que no fue culpa de nadie. Crecimos en direcciones distintas y ninguno sabía cómo sostener lo que quedaba.
Durante mucho tiempo pensé que había hecho algo mal. Repasé conversaciones antiguas, momentos específicos, silencios. Me pregunté si debí insistir más, si debí entenderla mejor, si debí luchar por esa amistad como se lucha por un amor. Pero con el tiempo entendí que las amistades también necesitan espacio para transformarse.
La lloré como se llora una ruptura. Porque perder una amistad que te acompañó por años es una especie de duelo que casi nadie valida. Pero un día, de manera repentina, dejé de sentir culpa. Empecé a recordar lo bueno sin preguntarme qué podría haber cambiado.
Ahora, cuando pienso en ella, siento gratitud. Fue mi refugio en una etapa de mi vida. Y aunque ya no caminamos juntas, sé que ambas seguimos creciendo. A veces, soltar no es perder: es permitir que lo que fue hermoso no se convierta en herida.
