El día que decidí pedir ayuda

Vengo de una familia donde pedir ayuda era sinónimo de debilidad. “Uno se levanta solo”, decía mi papá. Y yo crecí creyéndolo. Me volví fuerte, independiente, eficiente… hasta que el cuerpo me mostró que no podía más. Tenía ataques de pánico, pero pensé que era solo “cansancio”. Perdí peso, pero pensé que era estrés. Me costaba dormir, pero pensé que era normal. Eso me repetía.

Un día, en el metro, sentí que me moría. Literalmente. Las manos me temblaban, no podía respirar, veía borroso. Una señora que no conocía me agarró del brazo y me dijo: “mi amor, estás teniendo ansiedad, no estás sola”. Esa frase me desarmó más que el ataque. Me bajé en la estación equivocada y me quedé sentada en un banco. Lloré como si tuviera 5 años.

Ese mismo día llamé a una terapeuta. No sabía qué decir. Solo dije: “creo que ya no puedo sola”. Y ella respondió: “qué bueno que llegaste”. Fue la primera vez en años que alguien me sostuvo sin pedirme nada a cambio. Y también la primera vez que entendí que ser fuerte no significa cargarlo todo; a veces, ser fuerte es saber cuándo soltar.

Hoy llevo ocho meses en terapia. No soy otra persona, pero sí soy alguien más acompañada. Y eso, para mí, es suficiente por ahora.

Carrito de compra
Scroll al inicio