Cuando me di cuenta que crecer no era escapar

Nunca pensé que me convertiría en adulta sin darme cuenta. Siempre sentí que estaba corriendo: de mi casa, de mi familia, de mis recuerdos, de mí misma. A los 17 creía que irme lejos iba a curar lo que me dolía. Me fui a otra ciudad con la excusa de estudiar, pero la verdad es que solo quería respirar sin que nadie me preguntara si estaba bien. Yo tampoco sabía si lo estaba.

El primer año lo pasé sobreviviendo. Cambié de amistades, de trabajos, de cuartos alquilados. En cada uno dejé un pedazo de mí que pensaba que no valía la pena cargar. Me repetía que “todo mejoraría cuando terminara la universidad”, pero lo que no sabía era que lo que más pesaba no estaba afuera, sino en mi propio cuerpo. Despertaba con ansiedad, comía a deshoras, me dormía llorando sin saber por qué. No era nostalgia: era agotamiento de existir.

Yo pensaba que crecer era alejarse, volverse fuerte, hacerse la dura. Pero un día, de pura casualidad, una profesora me pidió que escribiera sobre un recuerdo de infancia. Escribí sobre mi mamá peinándome antes de ir al colegio. No era un recuerdo triste. Pero mientras lo escribía, algo en mí se rompió. Me di cuenta que había pasado años huyendo de cosas que ni siquiera eran peligrosas: huía de sentir, porque sentía demasiado.

Hoy no puedo decir que estoy completamente “bien”. Pero sí puedo decir que ya no corro. Me senté frente a mí misma y descubrí que había una niña que solo quería descanso y alguien que no huyera más. Ahora, crecer para mí es eso: volver a mí, no escapar.

Carrito de compra
Scroll al inicio