Durante años pensé que mi ansiedad era simplemente una mala costumbre. Me temblaban las manos antes de cualquier reunión, evitaba hablar en público, sudaba frío si tenía que socializar. Pero todo cambió cuando un día, en pleno metro, sentí que me ahogaba. El vagón estaba lleno, nadie me miraba, y aun así, mi cuerpo decidió colapsar. Ese día descubrí que el cuerpo también grita cuando la mente no sabe cómo hacerlo.
Empecé un recorrido médico que no llevó a nada: “todo está bien”, “no es grave”, “solo estrés”. Pero yo sabía que no era solo estrés. Era miedo acumulado, era perfeccionismo, era un niño interior que nunca tuvo espacio para equivocarse. Me costó años admitir que mi mayor terror era decepcionar a los demás.
Finalmente encontré una terapeuta que entendió lo que me pasaba. Me explicó que la ansiedad no era un enemigo, sino un sistema de alarma que llevaba demasiado tiempo sonando porque nadie respondía. Empecé a escuchar a mi cuerpo como si fuera un idioma nuevo: respiraciones lentas, pausas intencionales, límites claros.
Hoy no estoy curado; aprendí que la ansiedad no desaparece por completo. Pero ya no me domina. La escucho, la acompaño y la dejo pasar. Y descubrí que a veces sanar no es dejar de temblar, sino aprender a caminar aunque tiemble.
